Buen comienzo: según me dispongo a redactar la experiencia ha empezado a sonar por la radio… “This ain’t a song for the broken-hearted”…
El sobre con la entrada viajó desde Barcelona y permaneció bastante tiempo en el fondo de mi cajón, pero el vuelo tuvo que esperar hasta poco antes del evento.
Ese viernes salimos del trabajo con todo lo necesario para el viaje, y tras una parada en un restaurante italiano, nos abrimos paso entre la lluvia y los sucios charcos de madrid y nos dirigimos al metro para llegar a tiempo al aeropuerto. Y lo de siempre: facturación, control, pasillos, embarque, azafatos/as sonrientes, vuelo, desembarque, autobús, alojamiento…
HabÃamos visto de pasada a los artistas de las ramblas, y a pesar de las buenas crÃticas vistas por internet no vimos nada apetitoso por la zona, asà que intentamos sin éxito sobrellevar el ambiente cargado de humedad y el cansancio acumulado, y terminamos comiendo unos sandwiches con ganas de ir a descansar.
Mis dos primeras visitas a Barcelona fueron bastante frugales, pero he de decir que cuando volvà el verano pasado para pasar más tiempo, aquella ciudad me dejó muy buen sabor de boca. Sin embargo a la vuelta de este viaje me traje otra impresión menos agradable, algo asà como de poca paz o “mal rollo” en el ambiente, o el aspecto de las personas.
Pero bueno, como en todos lados, siempre hay rincones donde el alma puede distraerse, como unos jardines donde hay una fuente forjada por GaudÃ, y una nimia “cosa” de madera donde comer unas migajas al resguardo de la lluvia.
Entramos en un museo de historia de los inventos, o algo asÃ, donde desde el renacimiento (o antes) pasando por el barroco, hasta la época actual, nos regalamos momentos inolvidables viendo cerámicas y tocadores antiguos, tapices donde el niño Jesús tenÃa cierto parecido con algún famoso actual, saleros, camas de barcos, las primeras sillas relativamente modernas, Cobi y la antorcha olÃmpica.
Cada dÃa me doy cuenta que estando en buena compañÃa, hasta una tediosa visita a un museo puede convertirse en una escena de una obra de Shakespeare, donde el brillo de unos ojos puede eclipsar cualquier obra de arte.
Por la noche, habiendo dado un paseo sobre la espuma de las olas, llegamos a nuestro destino a pie de playa: el Ice Bar.
Como su propio nombre indica, es un bar de hielo que no necesita propaganda, donde nos dieron un par de guantes, un gorro y un abrigo a cada uno y en un ambiente de -5ºC nos tomamos una cerveza a 0ºC, unos cubatas en vasos de hielo, y un chupito en vasito de hielito… Bueno, será una tonterÃa, pero aún me dura la sensacion de que nunca podré agradecer lo suficiente el haber podido disfrutar de esa experiencia.
Volvimos al mercado, vimos nuevamente los puestos de las ramblas, incluso entramos a un museo-homenaje a DalÃ, donde (Gala me perdone) un fan copió la técnica del artista para plasmar en sus obras a una musa más (sosa) inexpresiva que la original.
Llegó el momento clave del viaje y fuimos al estadio donde iba a tener lugar el evento que da nombre a esta entrada. Las colas kilométricas fueron suavizadas por el buen tiempo, y sin incidentes llegó el momento de entrar. Nos despedimos con una sonrisa y me pude dar cuenta de que realmente he cambiado, que el amor que ahora siento es más sano y, bueno, que ayuda mucho tener al lado a la persona adecuada.
Me quedé fuera leyendo el libro que MarÃa me compró para la ocasión, pero apenas leà unas páginas más pendiente de captar lo que se veÃa y oÃa desde fuera, de abastecerme de comida para la vuelta y de cantar los temas conocidos que sonaban desde dentro, donde sin duda el regalo que compré por internet estaba siendo amortizado.
Bueno, ¿qué contar?, Bon Jovi no es mi pasión ni mucho menos, pero la alegrÃa en el rostro de MarÃa era suficiente para inflar mi bienestar. Eso sÃ, gracias por no ser una histérica quinceañera.
El camino de vuelta a pie también fue agradable: un amable personaje nos advirtió que era mejor dar un rodeo que atajar por “esa zona donde mucho robar”, y devolvimos el favor buscando un taxi a una sueca que se torció un tobillo y no hablaba nuestro idioma.
Dormimos como dos angelitos.
Antes de volver, aprovechamos para ver el Pueblo Español, donde hay reproducciones de casas tÃpicas de casi todas las provincias de España. Las fachadas eran casi todas muy parecidas, pero los talleres situados en el interior de los edificios eran variados y amenos.
Finalmente y cansados del viaje, nos despedimos de un árbol que se estaba comiendo una valla. Y con la tripa llena de kebab y ya en el aeropuerto, rememoramos la escena de la gitana que me dijo “¿y por qué la deeeeeeeejas?”… esta vez con final feliz.
Gracias de nuevo por otro viaje fantástico.
(Las fotos ya las pondré cuando pueda)
Agradecimientos especiales a JAVI, que hizo posible que una bonita sonrisa refulgiera dentro del Golden Circle.